2/22/2013

La mano emergente. Un relato sobre fútbol, bandadas, potrero, redes y autoorganización




Rosario, 20hs. Una brisa tranquila refresca los cuerpos sudados de la agobiante tarde de verano que pasó. Los autos se atascan en una intersección de calles en la zona oeste de la ciudad cuyos semáforos han dejado de funcionar generando un pequeño caos. Sin embargo las conjeturas y maniobras locales de los conductores al volante, aún con el apuro de llegar a casa luego de una jornada de trabajo, logran destrabarlo.

A pocos metros de allí una turba de adolescentes disfrazados de futbolistas profesionales se dan cita en una cancha de dimensiones reducidas para despuntar el vicio del cuerpo a cuerpo debatiéndose la esférica. La superficie del campo atemorizaría hasta el jugador más curtido, una mínima caída costaría un raspón capaz de complicarle la vida a cualquiera. A ellos parece no importarles.

El azar me ubica caminando al costado de la cancha del otro lado del perímetro de alambre. De repente una jugada me llama la atención, el arquero acaba de ejecutar un saque de meta cuyo destino final es el hábil pie derecho del número diez del equipo, al menos la camiseta que lleva puesta con los colores del Santos dice eso, pero teniendo en cuenta lo variopinto de las demás vestimentas tal vez sea un dato del que se podría dudar. El chico toma el balón simulando con la pose de sus brazos y manos una flojera que denota despreocupación, casi como dando a entender que él lleva la pelota desde siempre, que él nació para llevar esa pelota. Avanza unos metros con displicencia hasta que dos jugadores rivales le cierran súbitamente el paso. Al tiempo que su existencia encarnada en el juego “calcula”, sin poner en marcha un solo silogismo, que no podrá evadirlos. Es entonces cuando hace lo que hacen los buenos jugadores, los distintos: da el pase.

Su compañero, el que recibe la pelota carece de la misma magia que porta el de la casaca 10, y ante el apriete rival comete el error queriendo hacer lo que no sabe, y entonces la pierde. No obstante, un segundo antes de que ocurra aquello sobre lo quiere reflexionar en este relato, como tratando de reivindicar el error pone lo mejor lo mejor de sí y vuelve a trabarse en disputa con el ahora poseedor del más preciado bien. Anticipa la maniobra del rival y estira el pie. La pelota se eleva, es todo muy confuso, el inclina su cuerpo y se la lleva.

En ese momento ocurre algo que debería estar en el centro de cualquier análisis político. Alguien grita “¡MANOOOO!”. Podría decir que el juego se detuvo instantáneamente, pero quiero ser fiel a lo que presencié. Hubo sin duda un paso de la situación de “juego” a la situación “suspensión del juego” pero este fue gradual, distribuido diría. Luego del grito el jugador siguió con la pelota pero un fenómeno cotidiano y sorprendente fue desacreditando aquella insistencia. Primero se detuvo el que dio el grito. A este hay que agregarle los que ya estaban quietos desde antes, por chupamates, haraganería, o cansancio, no vamos a entrar en esos detalles. Luego se detuvieron quien acababan de perder la pelota y su par próximo, hasta aquí todos rivales. La masa crítica de los convencidos de la falta fue en ascenso hasta que la voluntad de juego de los participantes del propio equipo fue quebrada… y también se detuvieron.

Mientras tanto el jugador que la había “recuperado” seguía sin acusar recibo y continuaba avanzando sobre el campo contrario entusiasmado por el hecho de que aún con su rusticidad la pelota pudiera viajar desde su pie hasta el fondo de la red. Llega al arco rival y no levanta la cabeza, gesto con el cual además de evidenciar sus limitaciones explica el hecho de porqué no vio que el arquero estaba con los brazos caídos y sin dar crédito a la veracidad de su avance. Y al igual que el fugitivo de La invención de Morel, quien “interactuaba” y armaba historias con entidades espectrales que nada sabían de su presencia, el emperrado futbolista sin detener la carrera, dispara.

Como se podía deducir de sus limitaciones la pelota no cruzo la línea, aunque de haberlo hecho nadie hubiese a esa altura cobrado el tanto, y termina su trayectoria impactando débilmente en el pecho del guardavalla... Un papelón!!  Los compañeros y rivales lo insultan y ridiculizan por igual aunque con argumentos diferentes, los unos por no haber logrado hacer el gol fantasma y los otros por seguir cuando el consenso implícito de la mayoría, todos menos él para ser exactos, había decretado la invalidez de la acción.
Como el vapuleado jugador yo tampoco detuve la marcha ante la escena que sin quererlo me arrancó una sonrisa. Pero a los pocos metros me asaltó una pregunta: ¿Quién cobró la falta? ¿Dónde estaba el juez? Efectivamente no había juez. La mano sancionada fue producto de una genuina emergencia, un bottom-up como se le suele decir ahora.

Mientras voy dejando atrás la escena  pienso en la “mano de Dios” que no fue cobrada y claro, me digo, como le van a cobrar una mano al más alto de los jueces. En este juego no sé si no hubo dios (me fui antes de que el 10 mostrara su proezas) pero sí sé que no hubo juez y sin embargo no se perdió el juicio. Hubo sentencia, el grito que disparó la cascada que motivó el cese del juego no vino sino del costado, de un próximo… de otro jugador. También asisten a mi memoria “picados” en los que por circunstancias similares algunos salimos con un ojo en compota. Pero todos sabemos que la realidad nunca es tan lírica como en los cuentos.  
Antes de llegar a casa se empieza a gestar este relato en mi cabeza y me atacan unas ganas irrefrenables de escribirlo (algo raro en mi que por lo general soy perezoso para estas cosas). Trato de acordarme de una cita de un libro de Resnick que un amigo sabe traer a cuento al hablar de redes, emergencias y autoorganización. “Cuando llegue a casa la busco y con eso cierro el post. La cita está buena… aunque también es un relato”, me dije. Y así será…

Una bandada de pájaros recorre el cielo. Como si fuera una compañía de ballet bien coreografiada, las aves viran al unísono hacia la izquierda. Luego, de pronto, todas se lanzan a la derecha y descienden súbitamente hacia el suelo. Cada movimiento parece estar perfectamente coordinado. La bandada como un todo es tan elegante como cualquiera de las aves que la componen, tal vez aún más elegante.
¿Cómo hacen los pájaros para que sus movimientos se mantengan tan bien organizados? La mayor parte de las personas suponen que os pájaros juegan al ‘siga al líder’: El ave que se encuentra al frente de las bandadas los conduce y los otros lo siguen. Pero no es así. De hecho la mayoría de las bandadas de aves no tienen lideres en absoluto. No existe ninguna ‘ave líder’ especial. Más bien las bandadas son un ejemplo de lo que algunas personas llaman ‘autoorganización’”. Cada pájaro en la bandada sigue un conjunto de reglas simples y reacciona a los movimientos de los pájaros de su entorno, Los patrones bien organizados de las bandadas surgen de estas interacciones locales simples, Ninguna de las aves tiene idea del patrón global de la bandada. El ave en la delantera no es líder en ningún sentido significativo; sólo se encuentra en ese lugar. La bandada se organiza sin un organizador, se coordina sin un coordinador” (Resnick, Mitchel, 2001, Tortugas, termitas y atascos de tráfico. Barcelona: Gedisa)

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