4/24/2007

4 encuentros con ezequiel gatto.

Dejo un texto que me recordó este fin de semana un amigo, es un homenaje intelectual a otro, me sorprendió que me contara la vida que había tomado este texto, impensada para mí.

Me encontré varias veces con e. gatto en menos de un año a esta parte, por lo menos cuatro. Todos esos encuentros fueron muy alumbradores.

La primera vez, fue a fines del año pasado. Yo trataba de rastrear por entonces en el juego un universo no reglado, en oposición a la institución competitiva. En mi búsqueda originaria y "transmundana", él nos mostraba la ley como un otro ineliminable. Su heteronomía ontológica nos obligaba a pensar la fuente que permitía el consenso y sin el cual jugar/crear era imposible (en este sentido lyotard decía que toda filosofía propone reglas para un viaje de destino incierto). Se alejaba tanto así de las estampas ("rules were meant to be broken") como de su anarkopunkismo primitivo. Me fascinaba esa manera suya ya de estar en otro lugar a dónde uno lo recordaba.

Me lo encontré por segunda vez chateando, compartiendo escritos vía mail. En ese momento sus preocupaciones giraban en torno a la escritura electrónica y las nuevas formas de subjetividad que ésta producía. Realmente lo encontré entusiasmado acerca de cómo nuestra generación se inscribía en la escritura. Internet se volvía un campo privilegiado en sus redefiniciones sobre la gestión del trabajo.

Poco tiempo después nos encontramos ya debatiendo sobre planeta x. Yo cuestionaba que fuera un espacio fuera del control, ya que inscribiendo prácticas "ilícitas", en un espacio y tiempo cerrado, el "descontrol", terminaba siendo una afirmación de aquél. Pero él iba más lejos y me mostraba, además, que no había más poder que el interiorizado por nuestro cerebro como gran hermano orwelliano. Asimismo mi nihilismo con respecto a la operatividad de la fiesta me era devuelto como un guante a la pregunta por cuál era mi proposición. Porque si bien en su crítica al minimalismo político actual éramos coincidentes, lo que él indudablemente descubrió en px, fueron los límites del autonomismo y un gérmen de superación: la instrospección de estas experiencias había llevado a la impensabilidad de la violencia. Restituirla era negarnos dialécticamente. Quizá aquí recuperaba sus tempranas orientaciones políticas que si bien recorrieron a toda la izquierda, en el anarquismo se habían presentado en sus formas más radicalizadas.

Me lo encontré por cuarta vez, cuando tratando de escapar tanto de la univocidad y la metafísica, construíamos un deseo diluído e inmanente. Esta vez nos respondía que lo que en nosotros tenía un carácter prescriptivo, era el orden actual de las cosas. Hacer estallar la estructura deseante no alcanzaba, sino que era el punto de partida. De lo que se trataba era de construir un otro particular y no cualquier otro: una presencia significada. Indudablemente esta desefectivización de las identidades lo retraía a su reciente exilio en Bologna, donde la había padecido de forma brutal.

Y no sólo esto, porque a partir del atiborramiento discursivo al que había dado lugar los últimos debates nos mostraba la salida de la escritura/lectura como universo cerrado. Abandonar tanto la meta temporalmente distanciada moderna como la ausencia de horizonte postmoderno, e introducir la cuestión ética y práctica como fundamento de toda existencia era la implicancia: la correspondencia existencial entre nuestro lugar de enunciación y los enunciados que somos capaces. La potencialidad de los discursos pasaba por encarnarlos/trabarlos en situaciones concretas inscribiéndonos como post-post modernos. Pensar se convertía en la conjunción del cuerpo y la palabra en un instante de peligro.

Indudablemente después de frecuentarlo era imposible pensar como antes. En menos de un año indudablemente había transformado las maneras de encarar los problemas por estas pampas. Sin afirmar ninguna territorialidad, lo cual sería olvidar un dictum suyo: "El pensamiento argentino surge ahí donde la argentina desfallece." Pensar por fuera nos proponía siempre, en definitiva.

Por todo eso estamos agradecidos a ezequiel gatto.

Rosario, invierno de 2004
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