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6/01/2015

¿Burbujas de filtro? Hacia una fenomenología algorítmica - 2 de 3

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¿Burbujas de filtro?



Hace tiempo sabemos que Internet es cualquier cosa menos democrática. Lászlo Barabási y Duncan Watts formaron parte destacada de la tropa de científicos que nos despabiló con el descubrimiento de las leyes de distribución detrás de las conexiones constitutivas de la red. El 80/20 que gobernaba el reparto de links ocasionó el derrumbe de algunos discursos utópicos infundados, explicitando que la topología de la web, como la de todas las redes libres de escala, no estaba atravesada por el ideal democrático de igualdad.


Nos habían anoticiado también de la existencia de algunas regiones inexploradas por los buscadores. Zonas silvestres que formaban parte de la topología de la red pero a las que los no especialistas teníamos vedado el acceso. Web profunda le llamaban.


Pero poco sabíamos acerca del comportamiento de Internet desde su trama algorítmica. Al menos no existía una discusión que ligue este tema con preocupaciones menos exclusivas de un tecnicismo ingenieril y más próximas a las ciencias sociales. Gran parte de la puesta en cuestión a gran escala de los criterios maquínicos de curaduría informativa y sus posibles efectos se la debemos a Pariser. Tenemos a partir de allí un terreno de reflexión posible que es necesario cultivar y enriquecer.


La metáfora de la burbuja y la burbuja de la metáfora    



Las metáforas son indispensables. Abren horizontes de percepción/reflexión que significan una bocanada de aire fresco. Dando paso en muchas ocasiones a la creación de conceptos que nos permiten aprehender el mundo y habitarlo de múltiples maneras. Pero no son inocentes.


No existe algo así como el aleph conceptual. Todo lo que un concepto muestra es todo lo que muestra, pero no es “todo”.  Del mismo modo las metáforas, al tiempo que son productivas y hacen visibles diferentes situaciones, poco (más bien nada) dicen de aquello con lo que son incompatibles. Muestran lo que muestran pero no  ocultan lo que no muestran, simplemente no pueden mostrarlo. Como sabiamente supo decir Heinz Von Foerster, no vemos que no vemos.


La metáfora de la burbuja usada por Pariser, pone el acento en el encierro y la atomización. No es ningún halago decir que vivimos en burbujas de filtro, por el contrario el término invoca todas las objeciones del solipsismo. Como si el resultado de la personalización fuera la inmersión en una esfera informativa egocéntrica en la que tan solo circulan fragmentos que reflejan nuestra propia identidad algorítmicamente conjeturada.


La pérdida de un universo informativo común, la desconexión con los otros son los peligros sobre los cuales este término nos advierte. Dos personas buscando lo mismo en Google o visitando su página de inicio en Facebook obtendrán resultados diferentes, “ya no existe un Google estandar”. Desde la metáfora de la burbuja esta divergencia es entendida en clave negativa. Y se traduce en una especie de moral informativa: “vamos hacia una internet que nos va a mostrar lo que cree que queremos ver y no lo que tenemos que ver”. Pero… ¿quién decide lo que tenemos que ver?


¿Un buscador estandar?



Haciéndose eco de las afirmaciones de Pariser han emergido varias alternativas a los buscadores más usados que prometen no rastrear los datos del usuario ni utilizarlos con fines comerciales. Entre ellos destaca DuckDuckGo. Un buscador opensource apoyado en una comunidad de contribuyentes quienes participan activamente para mejorarlo. Entre las descripciones de la iniciativa se afirma como una de sus bondades que quienes utilicen DuckDuckGo tendrán entre manos un buscador estandar. Es decir, dos usuarios diferentes  haciendo la misma búsqueda obtendrán los mismos resultados.



La suposición de fondo, como señalamos al comienzo, es que que los algoritmos deben imitar la premisa de los medios masivos. Lo que se intenta recuperar por esta vía es la ficción instituida por mass media de un contexto informativo compartido. Es la idea de los medios como ventanas abiertas a un mundo que, aunque sujeto a interpretaciones, se pretende objetivo.


En relación a este punto cabe preguntar si no hay una operación de análisis fallida, o al menos discutible.  ¿Estamos sólo ante el derrumbe de una antigua ficción? ¿No se tratará también de la emergencia de mundos posibles rupturistas respecto del pasado pero cargados de positividad? La promesa de retorno siempre es tentadora, pero ¿si ocurre que nos encontramos ante la emergencia de otra(s?) ficciones? Y si el tipo subjetivo instituido por esta nueva ficción no es compatible con la idea estatal de un único centro configurante (informativo en este caso)? (Lewkowicz, 2004).


Quizás haya que prestar más atención al presente sin escandalizarnos y reconociendo la dureza de épocas anteriores. Atravesamos una transformación y como ante todo cambio  aquí también corremos el riesgo de examinarlo bajo el signo de la pérdida.


Alternativas



Sitios como Delicious o Twitter  (entre tantos otros) ofrecen experiencias de usuario personalizadas al tiempo que cuentan con espacios de encuentro genéricos donde se puede tener noticias de las acciones/publicaciones de los demás. Incluso el propio sistema informa de algunas tendencias generales.


En esta dirección Nuzzel representa también una potente y singular alternativa a destacar. Este sitio nos ofrece una curaduría informativa redológica en múltiples capas constituida por aquello que comparten mis contactos y lo que comparten los contactos de mis contactos. Incluso es permeable a la posibilidad de entrar en los universos informativos de cada usuario y ver que comparten sus contactos y los contactos de sus contactos.

Captura de pantalla de la interfaz de Nuzzel



El destino de las propuestas de estas alternativas es incierto, pero claramente constituyen potentes variables al modelo criticado por la metáfora de la burbuja. Celebro con énfasis el inicio de una discusión en torno a los algoritmos de filtro y el modo en que nos conjeturan. Pero no creo que el traslado literal de un criterio válido en una ecología mediática diferente a la actual sea una solución viable.


Quizás la democracia de internet no haya llegado aún, quizás nunca llegue si la esperamos como repetición de lo que conocimos. Lo único que sabemos del futuro es que será diferente al pasado y en ese caso la mejor alternativa es imaginar cómo queremos diseñarlo más bien que cómo repetirlo... no nos encerremos en una burbuja.



Fenomenología algorítmica



¿Qué muestran las plataformas digitales? ¿Qué dejan afuera? ¿Por qué lo hacen? ¿Con cuales criterios? Todas estas son preguntas que se inscriben en un registro diferente al del análisis de los medios centrado en el contenido y atravesado por el par mentira/verdad. Cuando Pariser afirma que no somos los usuarios quienes decidimos qué entra en el feed de noticias destacadas de Facebook o la página de resultados de una búsqueda, está dejando en claro que el problema no está directamente ligado al qué, cómo, ni al quien de lo que se dice. La veracidad o confiabilidad de los contenidos no corre a la par de este cuestionamiento.


No opera en dicho análisis el supuesto hermenéutico de que hay un significado oculto que  no se hace evidente y requiere por tanto ser descifrado. El modo en que se plantean estas preguntas dirigen la atención en otra dirección. Indagan acerca de cuáles son las condiciones de posibilidad que hacen que un entorno informativo dado aparezca.  Sitúa el problema del acceso a la información en un terreno fenomenológico, no  hermenéutico.


Para esclarecer este punto me permito abusar un poco del recurso de la cita. Según Deleuze:


Hay fenomenología a partir del momento en que el fenómeno ya no es definido como apariencia sino como aparición […] La aparición es lo que aparece en tanto que aparece


Y  continúa:


La fenomenología se plantea la pregunta: ¿qué es el hecho de aparecer? Es lo contrario de una disciplina de las apariencias. La apariencia es algo que remite a la esencia dentro de una relación de disyunción, dentro de una relación disyuntiva: o bien pertenece a la apariencia, o bien pertenece a la esencia. ¿A qué remite la aparición? La aparición es muy diferente, es algo que remite a las condiciones de lo que aparece. (Deleuze, 2008)


Claramente el planteo del problema de las burbujas de filtro se corresponde con la relación conjuntiva entre lo que aparece y las condiciones de posibilidad de lo que aparece. El hecho de que esa condición de posibilidad esté atravesada por una configuración tecnológica constituye un territorio fenomenológico singular. No estamos ya hablando de una fenomenología a secas sino de una fenomenología tecnológica (Lash, 2005), algorítmica, para ser más precisos.


En esta fenomenología lo que nos aparece, lo que experienciamos, está atravesado por la configuración algorítmica de los sistemas digitales en conexión con los cuales emerge para nosotros un mundo.


Hay que seguir la huella de Pariser, pero es necesario expandirla más allá del terreno del acceso a la información. La algoritmia no sólo ha reconfigurado la imagen del bibliotecario o del gatekeeper, se ha derramado también en los espacios de conversación, la cartografía, los juegos, el cuidado de la salud, las relaciones íntimas, y una larguísima lista de etcéteras. Ha impactado profundamente en las condiciones de posibilidad del aparecer del mundo.


Aunque sobran elementos para decretar la omnipresencia de los algoritmos en nuestras formas de vida, nos resta aún la tarea de construir un relación más activa con ellos. Necesitamos migrar hacia un terreno intermedio que nos permita entablar una conversación de constante redefinición de los horizontes y modalidades de mutua influencia. Necesitamos entablar una relación dialógica con los algoritmos.



En diálogo con los algoritmos



Todos tenemos una epistemología decía Bateson, y quien crea que no, tiene una muy mala. De la misma forma podemos decir que hoy todos tenemos una configuración de nuestras extensiones digitales y quien crea que no, tiene una muy mala.


No es un error dejar la configuración por defecto de las plataformas y apps que usamos, o no intervenir  el registro de las cookies en nuestro navegador. El error está en desconocer la acción de los algoritmos y, cada caso la posibilidad de intervenirlos/configurarlos/reprogramarlos.


Política y retórica



Hay aún quienes piensan que cuando ingresan una búsqueda en Google están viendo “lo que hay” en la web, y quienes suponen que lo que ven en sus páginas de inicio de Facebook es todo lo que publican sus contactos. Sin mencionar otras falsas conjeturas acerca del régimen de visibilidad y alcance de sus acciones por desconocer la arquitectura de las plataformas.


El código es la ‘operacionalidad’, la ‘funcionalidad’. ‘El código te permite hacer cosas’. Si el contenido es la parte frontal, el código es lo que sucede en la parte trasera [...] Las ‘tuercas y tornillos’ detrás de lo que hay en la pantalla (Lash, 2005)


Según Lawrence Lessig ésta operacionalidad del código constituye la política de la web (Lessig, 2001). Son las “tuercas y tornillos” en tanto configuración determinante de las posibilidades operativas de funcionamiento de un dispositivo digital. Por ejemplo, que sólo podamos valorar las publicaciones en Facebook positivamente (y no de forma negativa o en gradientes de cero a diez por mencionar una alternativa) es parte de su política, de su arquitectura.  


Que aquella valoración positiva se llame “me gusta” en lugar de, por ejemplo, “estoy de acuerdo” o “eres genial!” forma parte de la retórica la plataforma, ese mix de capa simbólica y programación, que Ian Bogost bautizó como retórica procedural  (Bogost, 2007).


Si usar es comunicar, configurar es metacomunicar



El reconocimiento de ambas dimensiones son el primer paso para repensar la relación con estos dispositivos.  Relación que debiera no ser estanca sino abierta a la redefinición constante, experimental. 

El experimento invita a la conversación dialógica, la discusión de final abierto con otros acerca de hipótesis, procedimientos y resultados (Sennet, 2012).
Es preciso enriquecer nuestro diálogo más allá del dualismo conspirativo de programar o ser programado (Rushkoff, 2010). Es ilusorio pensar en la posibilidad de arrancar de cuajo la indeterminación y la pasividad de nuestra relación con la técnica. Antes debiéramos asumir la responsabilidad de administrar esas pasividades (Sloterdijk, 2012). Asumir que somos parte de un lazo comunicativo con la algoritmia de nuestros aparatos y que nuestro experienciar el mundo está hoy más que nunca ligado a ese lazo.


Como todo proceso comunicativo este también ofrece la posibilidad de apertura y redefinición constante. No se trata tan solo de usar (comunicar) sino también y fundamentalmente de preguntarnos acerca del tipo de relación que queremos entablar. Es decir, se trata de meta-comunicarnos. Comunicarnos sobre la comunicación, sobre la relación que estamos construyendo con ellos.


Sin duda humanos y dispositivos tenemos que multiplicar y mejorar nuestras habilidades metacomunicativas. Éstas encuentran hoy en la programación programada que es la configuración y la intervención más radical que implica el hackeo, dos de las fronteras que configuran nuestros espacios de redefinición mutua. Hay mucho por delante para mejorar este diálogo.





Referencias:
Bogost, I. (2007). Persuasive Games. The expessive power of video games. Massachusetts: MIT Press.

Deleuze, G. (2008). Kant y el tiempo. Buenos Aires: Cactus.

Lash, S. (2005). Crítica de la información. Buenos Aires - Madrid: Amorrortu.

Lessig, L. (2009). El código 2.0. Madrid: Traficantes de Sueños.


Lewkowicz, I. (2004). Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez. Buenos Aires: Paidos.

Pariser, E. (Dirección). (2011). Cuidado con las "burbujas de filtro".

Resnick, M. (8 de Mayo de 2013). Aprender a programar, programar para aprender. (L. d. MIT, Ed.) Obtenido de http://www.eduteka.org/codetolearn.php

Rushkoff, D. (Dirección). (2012). Programar o ser programado.

Sennet, R. (2012). Juntos. Rituales, placeres y política de cooperación. Barcelona: Anagrama.


Sloterdijk, P. (2012). En un espacio autooperativo curvado. En Has de cambiar tu vida. Valencia: Pre-Textos.

5/12/2015

¿Burbujas de filtro? Hacia una fenomenología algorítmica - 1 de 3




En marzo del 2011 el estadounidense Eli Pariser brindó una conferencia TED titulada “Cuidado con la burbujas de filtro en la web” y en mayo del mismo año publicó un libro bajo un nombre similar (The filter bubble). Esta tuvo gran repercusión en la red al punto de llegar ser traducida a más de cuarenta idiomas y contar (al momento de redactar este trabajo) con un número de visitas cercano a los 3.300.000. Quién hasta allí fuera reconocido tan sólo por su desempeño como activista político (Moveon.org) llamó la atención de muchos poniendo sobre la palestra una cuestión poco vislumbrada y nulamente criticada desde un punto de vista sociotécnico. Él la llamó burbujas de filtro.

¿Qué son las burbujas de filtro?



Según Pariser nuestro acceso a la información está condicionado por el diseño algorítmico de las plataformas que usamos para ingresar a la web. Desde el 2009, año en que Google decidió tomarse más en serio el registro del comportamiento de sus usuarios para ofrecer resultados “a medida”, Internet ha virado hacia la personalización de los contenidos.


Desde entonces los algoritmos no han dejado de conjeturarnos. Incesantemente se preguntan acerca de cuáles son los intereses de los usuarios detrás de los navegadores para luego construir nuestros perfiles y en función de estos intentar predecir qué contenidos queremos ver y cuales publicidades les conviene ofrecernos.


Para probar esta afirmación basta realizar dos búsquedas sobre el mismo tema desde ordenadores diferentes (el ejemplo utilizado por el autor es sobre el término “Egipto”). Lo que veremos al hacerlo es que en ambos casos obtenemos distintos resultados. Es decir, ante búsquedas idénticas obtenemos resultados diferentes.

Esto según su análisis representa un grave problema. El peligro detrás de la divergencia, en apariencia carente de importancia, es el de la atomización informativa. Las configuraciones maquínicas que mueven a estas plataformas amenazan con operar una desconexión simbólica con los otros. La predicción de nuestros deseos a partir de la traza de nuestros movimientos pasados y basada tan sólo en el criterio de relevancia atentaría contra la posibilidad de seguir habitando un universo simbólico compartido. Cada quién quedaría encerrado en la reproducción de su recorrido, en la condescendencia informativa. Preso de su propia burbuja.

Burbujas y democracia



La preocupación de Pariser sobre las burbujas de filtro involucra indirectamente el problema de la privacidad y la venta de datos. Sin embargo su planteo  acerca los criterios de selección y organización de la información que utilizan Google y Facebook (entre otros), está fundamentalmente ligado a otra pregunta. A saber, ¿son estas configuraciones las más convenientes para un contexto democrático, o no?


La regla con la que juzga el papel que estas plataformas deberían cumplir en dicho contexto presupone una relación de continuidad con los medios masivos anteriores. Así como lo hicieran sus antecesores predigitales los actuales algoritmos deben contribuir a la percepción de un espacio compartido y de una agenda informativa común.


La democracia que trae Internet aún no ha llegado”, dice. En nuestras burbujas de filtro vemos lo que los diferentes sistemas creen que queremos ver y no lo que tenemos que ver. Según Parisier no sólo no decidimos lo que vemos sino, lo que juzga aún más grave, no tenemos idea de lo que queda afuera.


Su propuesta superadora tiene que ver con construir un debate en torno a la ética de los algoritmos. Así como los gatekeepers de los medios masivos en su momento se sometieron a cuestionamientos similares, hoy debemos apuntar a la inteligencia maquínica que constituye nuestras plataformas de acceso a la información en la web.


Hay que avanzar en dirección de un enriquecimiento cualitativo de las variables a partir de las cuales se ecualizan los criterios de personalización del contenido. No sólo la idea de relevancia sino también la de inconformidad, contenido estimulante e importante deberían ser parte de la ecuación.


¿Qué muestran? ¿Qué dejan afuera? ¿Por qué lo hacen? ¿Con cuales criterios? ¿Qué saben de nosotros? El modo en que operan, ¿está en sintonía con la manera en que creemos debemos organizarnos y convivir como colectivo? Todas estas preguntas no pueden quedar ajenas a las discusiones sobre la ecología mediática que habitamos y el modo en queremos rediseñarla.


Pero para poder seguir la traza del problema planteado por Pariser tendremos antes que hacer una genealogía. Una que nos ubique en la emergencia de la tecnología que habilitó todas las conjeturas maquínicas de las que hablamos más arriba. Una genealogía mediática. La genealogía de una “galleta”.

Genealogía de una galleta



La verdadera historia, según cuenta Borges, suele ser pudorosa. Los hechos relevantes pueden pasar desapercibidos y sus fechas esenciales permanecer ocultas durante mucho tiempo. La historia de los medios en general y la de la Internet en particular nos son la excepción. Lou Montulli fue protagonista de uno de esos hechos.


Corría el año 1994. Un equipo de desarrolladores de Netscape Communications abocado a resolver la implementación de un carro de compra online para una aplicación de comercio electrónico tuvo que afrontar un desafío técnico. Los representantes del cliente solicitaban que encontrasen una forma de guardar los estados de transacción en el ordenador de cada usuario y no ya en el servidor de la empresa como se hacía habitualmente.


Montulli, un programador de tan solo 23 años que formaba parte del equipo de desarrollo tuvo una idea para resolver el inconveniente. Tenía la solución para lograr que los ordenadores recordarán la información de cada sesión. La llamó cookie. No se trataba de software ni de código, sino tan sólo de datos almacenados en el ordenador del usuario a pedido del servidor web.

Lou Montulli



A partir de este pequeño gran invento de Montulli, los navegadores y los sitios webs comenzaron a recordarnos. Las cookies ofrecieron las “huellas mnémicas” algorítmicas con las que la la web comenzó a construir a sus “usarios modelo”. Esas escurridizas entidades situadas en la conjunción entre cuenta de usuario, ordenador y browser.


Que el navegador nos sugiera nuestro “username”, que no tengamos que loguearnos cada vez que ingresemos a un sitio y que el buscador hable nuestro idioma son tan solo algunas de las posibilidades habilitadas por este desarrollo.


Una breve descripción…



Las Cookies se pueden diferenciar según:
El tiempo que permanecen activas:
  • Persistentes, es decir que tienen una fecha de caducidad definida a fin de sobrevivir a varias sesiones de navegación. Una vez cumplida esa fecha los datos registrados desaparecen.
  • No persistentes, se eliminan cuando el navegador se cierra.


El seguimiento que hacen del usuario…
  • Locales, sólo registran las acciones de los usuarios dentro del sitio.
  • De terceros, registran los movimientos del usuario más allá de un sitio específico. Se usan generalmente con fines publicitarios.


También se distinguen según el tipo de dato que registran. Entre las que encontramos las del tipo preferencias (idioma, nº de resultados visibles en una búsqueda, localización, etc), seguridad (id, últimas conexiones, etc.), procesos (ligado al funcionamiento de los sitios web) y las relacionadas con la publicidad (entre otras).




Según leemos en Wikipedia, en ausencia de las cookies cada petición de una página web o un componente de una página web sería un evento aislado, sin relación con el resto de las peticiones de otras páginas del mismo sitio. Ergo, esta tecnología representó sin dudas una notable innovación.


Pero en el terreno de los medios como lo supo ver McLuhan, las innovaciones, los cambios nunca son avances. Siempre se trata de desplazamientos laterales sobre los múltiples puntos cardinales del espacio mediático. Cuyos efectos responden a una dinámica compleja, indeterminada.  

Así fue que Montulli no imaginó (¿cómo podría?) que una simple galleta como le gustaba llamarle, se convertiría en el primer eslabón de una enrevesada cadena alimenticia digital. Donde la publicidad online, la venta de datos personales y las burbujas de filtro entre otros, se contarían entre las especies deformes de ese ecosistema.

Continuará....
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